El canon es un impuesto, una marca de consumibles eléctricos y una pequeña localidad cercana a Londres. Pero para mi,es el canon literario, musical y cinematográfico. Como decía un artículo en el País, el canon lo forman aquellos 20 libros que debes recomendar leer a toda persona, o al menos a toda persona que piense leer tan solo 20 libros en su vida.
Los creyentes del canon hablamos de él con verdadero orgullo: "yo conozco la obra completa de Cervantes". Nos honra este acto casi sectario: "yo he leído el Ulises". Nos distingue y diferencia:"¿Tú has leído a Proust?" Pero sobretodo, los que nos aferramos al canon de manera napoleónica lo que sentimos ante él es... verdadera angustia. Hace poco recibí por mail un artículo que reflejaba a la perfección ese sentimiento del que se sabe tiempo finito frente a la inmensidad cultural del canon. Así reflejaba Care Santos el maldito sentimiento: "...mi amigo Arcadio, lector voraz, llegaba al extremo de no disfrutar de una lectura que le estaba apasionando porque no podía dejar de pensar en las muchas que tenía pendientes...".
Empero, y desde este rinconcito anónimo que propicia la sociedad de la información, Pequeña M quiere gritar que vive para el canon. Que, como la protagonista de La insoportable levedad del ser, siento deleite sabiéndome parte de esa minoría que lee a Auster. Que míos son también los desvaríos de J.K. Reilly.
Si como dice Kundera, un libro no se ha leído si solo se ha leído una vez. Una peli no se ha visto si solo se ha visto una vez... En fin, una vida no se ha vivido si solo se ha vivido una vez.
Ay, si la teoría del eterno retorno de Nieztsche fuera cierta, yo estaría eternamente retornando para saborear áquel primer párrafo de Lolita de Nabokov, aquel plano de El Buscavidas de R. Rossen, y para bailar hasta el paroxismo Bigmouth Strikes Again de The Smiths...